Cada proceso que acompaño es distinto. No creo en recetas fijas, pero sí en una manera clara de caminar juntos.
Acompañar un proceso es, para mí, preparar un experimento colectivo: creamos las condiciones para comprender qué queremos transformar, ensayamos nuevas formas de hacerlo y cosechamos lo que emerge en el camino.
Lo primero es entender qué queremos lograr. Qué nos mueve, qué nos preocupa, qué necesidad está viva.También aclaramos cómo sabremos que algo cambió —no solo en los resultados, sino en cómo nos sentimos y nos relacionamos en el camino.
Pensamos qué vamos a probar: cuál es el reto, las hipótesis, las condiciones que necesitamos poner sobre la mesa. No diseño sola: todo se hace en ping-pong, sumando voces, saberes y perspectivas.
Pasamos a la acción. Probamos. Iteramos. Ajustamos.
Facilito para que las cosas pasen, pero sobre todo para que pasen de forma consciente, compartida y con sentido.
Cuando el proceso termina, nos detenemos a mirar qué pasó. Qué funcionó, qué podemos mejorar, qué relaciones se tejieron.
Lo que importa no es solo lo que logramos, sino cómo llegamos ahí y qué nos dejó.
Más allá de las etapas, hay preguntas que me acompañan siempre y que guían cómo facilito:
¿Cómo hacemos para que las decisiones no dependan de una sola persona, sino de la red?
¿Cómo traemos consciencia a lo que sentimos, pensamos y hacemos mientras avanzamos?
¿Qué espacios necesitamos abrir para confiar en lo que emerge, más allá de lo que controlamos?
¿Cómo cuidamos el tejido que nos sostiene: nuestras relaciones, los territorios, la vida más allá de lo humano?
¿Qué aprendizajes nos deja este proceso y cómo los llevamos a la acción?
Estas preguntas no buscan respuestas perfectas.
Son faros que nos ayudan a caminar distinto.